Por El Gallito

Hay una verdad que muchos prefieren ignorar: la calle habla. Habla cuando los vecinos se quejan de un bache, cuando una lámpara lleva semanas sin funcionar, cuando una colonia pide vigilancia o cuando un espacio público empieza a deteriorarse por falta de atención.

El problema es que, muchas veces, quienes deberían escuchar parecen tener el oído selectivo. Atienden cuando hay presión, cuando hay cámaras o cuando el reclamo se vuelve demasiado visible. Pero la ciudadanía no debería tener que gritar para ser tomada en cuenta.

Los reportes ciudadanos no son molestias menores. Son señales de lo que pasa en la vida diaria. Detrás de cada queja hay una persona que camina por una calle oscura, un conductor que esquiva un hoyo, una familia que deja de usar un parque o un vecino que siente que su colonia fue olvidada.

Escuchar a la gente no debería ser un favor. Es parte del trabajo. Y atender sus problemas no debería depender de cuántas veces insista o de qué tan viral se vuelva su denuncia.

Una comunidad se fortalece cuando existe respuesta. Cuando la autoridad escucha, atiende y da seguimiento. Pero cuando la gente reporta y no pasa nada, la confianza se rompe.

Y como dice El Gallito: cuando la calle habla y nadie escucha, tarde o temprano el reclamo se convierte en grito.